Namárië

Namárië
El viento agita el bambú,
Pero una vez que el viento pasa,
El bambú queda en silencio.
Los gansos acuatizan en el gélido estanque,
Pero una vez que los gansos emprenden el vuelo,
No hay reflejos.
Del mismo modo,
Una vez que el polvo rojo pasa,
La mente queda quieta.

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Bienvenidxs al curso de Teorías Históricas de la Poética y la Retórica


Contacto: Claudia Pérez: oliviapz@gmail.com

Maite Vanesa Artasánchez: maitevanesa@gmail.com

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Miércoles y viernes de 10 a 12.30hs.


Horario de consulta: jueves 15hs. en el Depto. de Teoría y Metodología Literarias, FHCE. Confirmar asistencia por mail.

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7 mar. 2013

La voz de Saruman


(...) Gandalf se detuvo ante la puerta de Orthanc y golpeó en ella con su vara.  Retumbó con un sonido cavernoso.
      -¡Saruman, Saruman! -gritó con una voz potente, imperiosa-. ¡Saruman, sal!
      Durante un rato no hubo ninguna respuesta.  Al cabo, se abrieron los postigos de la ventana que estaba sobre la puerta, pero nadie se asomó al vano oscuro.
      -¿Quién es? -dijo una voz-. ¿Qué deseas?
      Théoden se sobresaltó.
      -Conozco esa voz -dijo-, y maldigo el día en que la oí por primera vez.
      -Ve en busca de Saruman, ya que te has convertido en su lacayo. ¡Gríma, Lengua de Serpiente! -dijo Gandalf-. ¡Y no nos hagas perder tiempo!
      La ventana volvió a cerrarse.  Esperaron.  De improviso otra voz habló, suave y melodioso: el sonido mismo era ya un encantamiento.  Quienes escuchaban, incautos, aquella voz, rara vez eran capaces de repetir las palabras que habían oído; y si lograban repetirlas, quedaban atónitos, pues parecían de poco poder.  Sólo recordaban, las más de las veces, que escuchar la voz era un verdadero deleite, que todo cuanto decía parecía sabio y razonable, y les despertaba, en instantánea simpatía, el deseo de parecer sabios también ellos.  Si otro tomaba la palabra, parecía, por contraste, torpe y grosero; y si contradecía a la voz, los corazones de los que caían bajo el hechizo se encendían de cólera.  Para algunos el sortilegio sólo persistía mientras la voz les hablaba a ellos y cuando se dirigía a algún otro, sonreían como si hubiesen descubierto los trucos de un prestidigitador mientras los demás seguían mirando boquiabiertos.  A muchos, el mero sonido bastaba para cautivarlos; y en quienes sucumbían a la voz, el hechizo persistía aún en la distancia, y seguían oyéndola incesantemente, dulce y susurrante y a la vez persuasiva.  Pero nadie, sin un esfuerzo de la voluntad y la inteligencia podía permanecer indiferente, resistirse a las súplicas y las órdenes de aquella voz.
      -¿Y bien? -preguntó ahora con dulzura-. ¿Por qué habéis venido a turbar mi reposo? ¿No me concederéis paz ni de noche ni de día?
      El tono era el de un corazón bondadoso, dolorido por injurias inmerecidas.
      Todos alzaron los ojos, asombrados, pues Saruman había aparecido sin hacer ningún ruido; y entonces vieron allí, asomada al balcón, la figura de un anciano que los miraba: estaba envuelto en una amplia capa de un color que nadie hubiera podido describir, pues cambiaba según donde se posaran los ojos y con cada movimiento del viejo.  Aquel rostro alargado, de frente alta, y ojos oscuros, profundos, insondables, los contemplaba ahora con expresión grave y benévola, a la vez que un poco fatigada.  Los cabellos eran blancos, lo mismo que la barba, pero algunas hebras negras se veían aún alrededor de las orejas y los labios.
      -Parecido y a la vez diferente -murmuró Gimli.
      -Veamos -dijo la dulce voz-.  A dos de vosotros os conozco, por lo menos de nombre.  A Gandalf lo conozco demasiado bien para abrigar alguna esperanza de que haya venido aquí en busca de ayuda o consejo.  Pero a ti, Théoden, Señor de la Marca de Rohan, a ti te reconozco por las insignias de tu nobleza, pero más aún por la bella apostura que distingue a los miembros de la casa de Eorl. ¡Oh digno hijo de Thengel el Tres Veces Famoso! ¿Por qué no has venido antes, en calidad de amigo? ¡Cuánto he deseado verte, oh rey, el más poderoso de las tierras occidentales!  Y más aún en estos últimos años, para salvarte de los consejos imprudentes y perniciosos que te asediaban. ¿Será ya demasiado tarde?  No obstante las injurias de que he sido víctima y de las que los hombres de Rohan han sido ¡ay! en parte responsables, aún quisiera salvarte de la ruina que caerá inexorable sobre ti si no abandonas la senda que has tomado.  Ahora en verdad sólo yo puedo ayudarte.
      Théoden abrió la boca como si fuera a hablar, pero no dijo nada.  Miró primero a Saruman, quien lo observaba desde el balcón con ojos profundos y solemnes, y luego a Gandalf, a su lado; parecía indeciso.  Gandalf no se inmutó; inmóvil y silencioso como si fuera de piedra, parecía aguardar pacientemente una llamada que no llegaba aún.
      En el primer momento los caballeros se agitaron y aprobaron con un murmullo las palabras de Saruman; luego también ellos callaron, como bajo los efectos de algún sortilegio. «Gandalf», pensaban, «nunca había exhortado a Théoden con palabras tan justas y tan hermosas».  Rudas y viciadas por la soberbia les parecían ahora las prédicas de Gandalf.  Y una sombra empezó a oscurecerles los corazones, el temor de un gran peligro: el final de la Marca hundida en el abismo de tinieblas al que Gandalf parecía arrastrarla, mientras Saruman entreabría la puerta de la salvación, por la que entraba ya un rayo de luz.  Hubo un silencio tenso y prolongado.
      Fue Gimli el enano quien lo rompió súbitamente.
      -Las palabras de este mago no tienen pies ni cabeza -gruñó, a la vez que echaba mano al mango del hacha-.  En la lengua de Orthanc ayuda es sinónimo de ruina y salvación significa asesinato, eso es claro como el agua.  Pero nosotros no hemos venido aquí a mendigar favores.
      -¡Paz! -dijo Saruman, y por un instante la voz fue menos suave y un resplandor fugaz le iluminó los ojos-.  Aún no me he dirigido a ti, Gimli hijo de Glóin -dijo-.  Lejos está tu casa y poco te conciernen los problemas de este país.  No te has visto envuelto en ellos por tu propia voluntad, de modo que no voy a reprocharte ese discurso, un discurso muy valiente, no lo dudo.  Pero te lo ruego, permíteme hablar primero con el Rey de Rohan, mi vecino y mi amigo en otros tiempos.
      »¿Qué tienes que decir, Rey Théoden? ¿Quieres la paz conmigo y toda la ayuda que pueda brindarte mi sabiduría, adquirida a lo largo de muchos años? ¿Quieres que aunemos nuestros esfuerzos para luchar contra estos días infaustos y reparar nuestros daños con tanta buena voluntad que estas tierras puedan reverdecer más hermosas que nunca?
      Théoden continuaba callado.  Nadie podía saber si luchaba contra la cólera o la duda.  Eomer habló.
-¡Escuchadme, Señor! -dijo-.  He aquí el peligro sobre el que se nos ha advertido. ¿Habremos conquistado la victoria para terminar aquí, paralizados y estupefactos ante un viejo embustero que se ha untado de mieles la lengua viperina?  Con esas mismas palabras les hablaría el lobo a los lebreles que lo han acorralado, si fuera capaz de expresarse. ¿Qué ayuda puede ofrecemos, en verdad?  Todo cuanto desea es escapar de este trance difícil. ¿Vais a parlamentar con este farsante, experto en traiciones y asesinatos? ¡Recordad a Théodred en el Vado y la tumba de Háma en el Abismo de Helm!
      -Si hemos de hablar de lenguas ponzoñosas ¿qué decir de la tuya, cachorro de serpiente? -dijo Saruman, y el relámpago de cólera fue ahora visible para todos-. ¡Pero seamos justos, Eomer hijo de Eomund -prosiguió, otra vez con voz dulce-.  A cada cual sus méritos.  Tú has descollado en las artes de la guerra y conquistaste altos honores.  Mata a aquellos a quienes tu señor llama sus enemigos y conténtate con eso.  No te inmiscuyas en lo que no entiendes.  Tal vez, si un día llegas a ser rey, comprenderás que un monarca ha de elegir con cuidado a sus amigos.  La amistad de Saruman y el poderío de Orthanc no pueden ser rechazados a la ligera en nombre de cualquier ofensa real o imaginaria.  Habéis ganado una batalla pero no una guerra y esto gracias a una ayuda con la que no contaréis otra vez.  Mañana podríais encontrar la Sombra del Bosque a vuestras puertas; es caprichosa e insensible, y no ama a los hombres.
      »Pero dime, mi señor de Rohan, ¿he de ser tildado de asesino porque hombres valientes hayan caído en la batalla?  Si me haces la guerra, inútilmente, pues yo no la deseo, es inevitable que haya muertos.  Pero si por ello han de llamarme asesino, entonces toda la casa de Eorl lleva el mismo estigma; pues han peleado en muchas guerras, atacando a quienes se atrevieron a desafiarlos.  Sin embargo, más tarde hicieron la paz con algunos: una actitud sabia e inteligente.  Te pregunto, rey Théoden: ¿quieres que haya entre nosotros paz y concordia?  A nosotros nos toca decidirlo.
      -Quiero que haya paz -dijo por fin Théoden con la voz pastosa y hablando con un esfuerzo.  Varios de los jinetes prorrumpieron en gritos de júbilo.  Théoden levantó la mano-.  Sí, quiero paz -dijo, ahora con voz clara-, y la tendremos cuando tú y todas tus obras hayan perecido y las obras de tu amo tenebroso a quien pensabas entregarnos.  Eres un embustero, Saruman, y un corruptor de corazones.  Me tiendes la mano y yo sólo veo un dedo de la garra de Mordor. ¡Cruel y frío!  Aun cuando tu guerra contra mí fuese justa (y no lo era, porque así fueses diez veces más sabio no tendrías derecho a gobernarme a mí y a los míos para tu propio beneficio), aun así, ¿cómo justificas las antorchas del Folde Oeste y los niños que allí murieron?  Y lapidaron el cuerpo de Háma ante las puertas de Cuernavilla, después de darle muerte.  Cuando te vea en tu ventana colgado de una horca, convertido en pasto de tus propios cuervos, entonces haré la paz contigo y con Orthanc. He hablado en nombre de la Casa de Eorl.  Soy tal vez un heredero menor de antepasados ilustres, pero no necesito lamerte la mano.  Búscate otros a quienes embaucar. Aunque me temo que tu voz haya perdido su magia.
      Los caballeros miraban a Théoden estupefactos, como si despertaran sobresaltados de un sueño.  Aspera como el graznido de un cuervo viejo les sonaba la voz del rey después de la música de Saruman.  Por un momento Saruman no pudo disimular la cólera que lo dominaba.  Se inclinó sobre la barandilla como si fuese a golpear al rey con su bastón.  Algunos creyeron ver de pronto una serpiente que se enroscaba para atacar.
      -¡Horcas y cuervos! - siseó Saruman, y todos se estremecieron ante aquella horripilante transformación-. ¡Viejo chocho! ¿Qué es la casa de Eorl sino un cobertizo hediondo donde se embriagan unos cuantos bandidos, mientras la prole se arrastra por el suelo entre los perros?  Durante demasiado tiempo se han salvado de la horca. Pero el nudo corredizo se aproxima, lento al principio, duro y estrecho al final. ¡Colgaos, si así lo queréis! -La voz volvió a cambiar, a medida que Saruman conseguía dominarse. - No sé por qué he tenido la paciencia de hablar contigo.  Porque no te necesito, ni a ti ni a tu pandilla de cabalgadores, tan rápidos para huir como para avanzar, Théoden Señor de Caballos.  Tiempo atrás te ofrecí una posición superior a tus méritos y a tu inteligencia.  Te la he vuelto a ofrecer, para que aquellos a quienes llevas por mal camino puedan ver claramente el que tú elegiste.  Tú me respondes con bravuconadas e insultos.  Que así sea. ¡Vuélvete a tu choza!
      »¡Pero tú, Gandalf!  De ti al menos me conduelo, compadezco tu vergüenza. ¿Cómo puedes soportar semejante compañía?  Porque tú eres orgulloso, Gandalf, y no sin razón, ya que tienes un espíritu noble y ojos capaces de ver lo profundo y lejano de las cosas. ¿Ni aun ahora querrás escuchar mis consejos?
Gandalf hizo un movimiento y alzó los ojos.
      -¿Qué puedes decirme que no me hayas dicho en nuestro último encuentro? -preguntó-. ¿O tienes acaso cosas de que retractarte?
      Saruman tardó un momento en responder.
      -¿Retractarme dices? -murmuró, como perplejo-. ¿Retractarme?  Intenté aconsejarte por tu propio bien, pero tú apenas escuchabas.  Eres orgulloso y no te gustan los consejos, teniendo como tienes tu propia sabiduría.  Pero en aquella ocasión te equivocaste, pienso, tergiversando mis propósitos.
      »En mi deseo de persuadirte, temo haber perdido la paciencia; y lo lamento de veras.  Porque no abrigaba hacia ti malos sentimientos; ni tampoco los tengo ahora, aunque hayas vuelto en compañía de gente violenta e ignorante: ¿Por qué habría de tenerlos? ¿Acaso no somos los dos miembros de una alta y antigua orden, la más excelsa de la Tierra Media?  Nuestra amistad sería provechosa para ambos.  Aún podríamos emprender juntos muchas cosas, curar los males que aquejan al mundo. ¡Lleguemos a un acuerdo entre nosotros y olvidemos para siempre a esta gente inferior! ¡Que ellos acaten nuestras decisiones!  Por el bien común estoy dispuesto a renegar del pasado y a recibirte. ¿No quieres que deliberemos? ¿No quieres subir?
      Tan grande fue el poder de la voz de Saruman en este último esfuerzo que ninguno de los que escuchaban permaneció impasible.  Pero esta vez el sortilegio era de una naturaleza muy diferente.  Estaban oyendo el tierno reproche de un rey bondadoso a un ministro equivocado aunque muy querido.  Pero se sentían excluidos, como si escucharan detrás de una puerta palabras que no les estaban destinadas: niños malcriados o sirvientes estúpidos que oían a hurtadillas las conversaciones ininteligibles de los mayores, y se preguntaban inquietos de qué modo podrían afectarlos.  Los dos interlocutores estaban hechos de una materia más noble: eran venerables y sabios. Una alianza entre ellos parecía inevitable.  Gandalf subiría a la torre, a discutir en las altas estancias de Orthanc problemas profundos, incomprensibles para ellos.  Las puertas se cerrarían y ellos quedarían fuera, esperando a que vinieran a imponerles una tarea o un castigo.  Hasta en la mente de Théoden apareció el pensamiento, como la sombra de una duda: «Nos traicionará, nos abandonará... y nada ya podrá salvarnos.»
      De pronto Gandalf se echó a reír.  Las fantasías se disiparon como una nubecilla de humo.
      -¡Saruman, Saruman! -dijo Gandalf sin dejar de reír-.  Saruman, erraste tu oficio en la vida.  Tenias que haber sido bufón de un rey y ganarte el pan, y también los magullones, imitando a sus consejeros. ¡Ah, pobre de mí! -Hizo una pausa y dejó de reír.- ¿Un entendimiento entre nosotros?  Temo que nunca llegues a entenderme.  Pero yo te entiendo a ti, Saruman, y demasiado bien.  Conservo de tus argucias y de tus actos un recuerdo mucho más claro de lo que tú imaginas.  La última vez que te visité eras el carcelero de Mordor y allí ibas a enviarme.  No, el visitante que escapó por el techo, lo pensará dos veces antes de volver a entrar por la puerta.  No, no creo que suba.  Pero escucha, Saruman, ¡por última vez! ¿Por qué no bajas tú?  Isengard ha demostrado ser menos fuerte que en tus deseos y tu imaginación.  Lo mismo puede ocurrir con otras cosas en las que aún confías. ¿No te convendría alejarte de aquí por algún tiempo? ¿Dedicarte a algo distinto, quizá? ¡Piénsalo bien, Saruman! ¿No quieres bajar?
      Una sombra pasó por el rostro de Saruman; en seguida se puso mortalmente pálido.  Antes de que pudiese ocultarlo, todos vieron a través de la máscara la angustia de una mente confusa, a quien repugnaba la idea de quedarse, y temerosa a la vez de abandonar aquel refugio.  Titubeó un segundo apenas y todo el mundo contuvo el aliento.  Luego Saruman habló, con una voz fría y estridente.  El orgullo y el odio lo dominaban otra vez.
      -¿Si quiero bajar? -dijo, burlón-. ¿Acaso un hombre inerme baja a hablar puertas afuera con los ladrones?  Te oigo perfectamente bien desde aquí.  No soy ningún tonto y no confío en ti, Gandalf.  Los demonios salvajes del bosque no están aquí a la vista, en la escalera, pero sé dónde se ocultan, esperando órdenes.
      -Los traidores siempre son desconfiados -respondió Gandalf con cansancio -. Pero no tienes que temer por tu pellejo.  No deseo matarte, ni lastimarte, como bien lo sabrías, si en verdad me comprendieses.  Y mis poderes te protegerían.  Te doy una última oportunidad.  Puedes irte de Orthanc, en libertad... si lo deseas.
      -Esto me suena bien -dijo con ironía Saruman-.  Muy típico de Gandalf el Gris; tan condescendiente, tan generoso.  No dudo que te sentirías a tus anchas en Orthanc y que mi partida te convendría.  Pero ¿por qué querría yo partir? ¿Y qué significa para ti «en libertad»?  Habrá condiciones, supongo.
      -Los motivos para partir puedes verlos desde tus ventanas -respondió Gandalf-.  Otros te acudirán a la mente.  Tus siervos han sido abatidos y se han dispersado; de tus vecinos has hecho enemigos; y has engañado a tu nuevo amo, O has intentado hacerlo.  Cuando vuelva la mirada hacia aquí, será el ojo rojo de la ira.  Pero cuando yo digo «en libertad» quiero decir «en libertad»: libre de ataduras, de cadenas u órdenes: libre de ir a donde quieras, aun a Mordor, Saruman, si es tu deseo.  Pero antes dejarás en mis manos la Llave de Orthanc y tu bastón.  Quedarán en prenda de tu conducta y te serán restituidos un día, si lo mereces.
      El semblante de Saruman se puso lívido, crispado de rabia, y una luz roja le brilló            en los ojos. Soltó una risa salvaje.
      -¡Un día! gritó, y la voz se elevó hasta convertirse en un alarido ¡Un día!  Sí, cuando también te apoderes de las Llaves de Barad-dûr, supongo, y las coronas de los siete reyes, y las varas de los Cinco Magos; cuando te hayas comprado un par de botas mucho más grande que las que ahora calzas.  Un plan modesto. ¡No creo que necesites mi ayuda!  Tengo otras cosas que hacer.  No seas tonto.  Si quieres pactar conmigo, mientras sea posible, vete y vuelve cuando hayas recobrado el sentido. ¡Y sácate de encima a esa chusma de forajidos que llevas a la rastra, prendida a los faldones! ¡Buen día! - Dio media vuelta y desapareció del balcón.
      -¡Vuelve, Saruman! -dijo Gandalf con voz autoritaria.  Ante el asombro de todos, Saruman dio otra vez media vuelta, y como arrastrado contra su voluntad, se acercó a la ventana y se apoyó en la barandilla de hierro, respirando agitadamente.  Tenía la cara arrugada y contraída.  La mano que aferraba la pesada vara negra parecía una garra.
      -No te he dado permiso para que te vayas -dijo Gandalf con severidad-.  No he terminado aún.  No eres más que un bobo, Saruman, y sin embargo inspiras lástima. Estabas a tiempo todavía de apartarte de la locura y la maldad, y ayudar de algún modo.  Pero elegiste quedarte aquí, royendo las hilachas de tus viejas intrigas. ¡Quédate pues!  Mas te lo advierto, no te será fácil volver a salir.  A menos que las manos tenebrosas del Este se extiendan hasta aquí para llevarte. ¡Saruman! -gritó, y la voz creció aún más en potencia y autoridad-. ¡Mírame!  No soy Gandalf el Gris a quien tú traicionaste.  Soy Gandalf el Blanco que ha regresado de la muerte.  Ahora tú no tienes color y yo te expulso de la orden y del Concilio.
Alzó la mano y habló lentamente, con voz clara y fría.
      -Saruman, tu vara está rota. -Se oyó un crujido, y la vara se partió en dos en la mano de Saruman; la empuñadura cayó a los pies de Gandalf.- ¡Vete! -dijo Gandalf. Saruman retrocedió con un grito y huyó, arrastrándose como un reptil. (...)






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