Namárië

Namárië
Ai! Laurië lantar lassi súrinen
¡Ah! ¡Como el oro caen las hojas en el viento,
yéni únótimë ve rámar aldaron!
e innumerables como las alas de los árboles son los años!
yéni ve lintë yuldar avánier
los años han pasado como sorbos rápidos
mi oromardi lissë-miruvóreva
de dulce hidromiel en las altas salas
Andúnë pella, Vardo tellumar
de más allá del Oeste, bajo las bóvedas azules de Varda
nu luini yassen tintilar i eleni
donde las estrellas tiemblan
ómaryo airetári-lírinen.
en la voz de su canción sagrada y real.
Sí man i yulma nin enquantuva?
¿Quién me llenará ahora de nuevo la copa?
An sí Tintallë Varda Oiolossëo
Pues ahora la Iluminadora, Varda, la Reina de las Estrellas,
ve fanyar máryat Elentári ortanë
desde el Monte Siempre Blanco ha elevado sus manos como nubes
ar ilyë tier undulávë lumbulë
y todos los caminos se han ahogado en sombras
ar sindanóriello caita mornië
y la oscuridad que ha venido de un país gris se extiende
i falmalinnar imbë met,
sobre las olas espumosas entre nosotros,
ar hísië untúpa Calaciryo míri oialë.
y la niebla cubre para siempre las joyas de Calacirya.
Sí vanwa ná, Rómello vanwa, Valimar!
Ahora se ha perdido, ¡perdido para aquellos del Este, Valimar!
Namárië! Nai hiruvalyë Valimar!
¡Adiós! ¡Quizá encuentres a Valimar!
Nai elyë hiruva! Namárië!
Quizá tú la encuentres! ¡Adiós!
Bienvenidxs al curso de Teorías Históricas de la Poética y la Retórica


Contacto: Prof. Adj. Dra. Claudia Pérez: oliviapz@gmail.com

Ayudante Maite Vanesa Artasánchez: maitevanesa@gmail.com
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Miércoles y viernes de 10 a 12.30hs.


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14 ago. 2014

Venganza de Medea


ALBERTO MEDINA GONZÁLEZ
Y
JUAN ANTONIO LÓPEZ FÉREZ
BIBLIOTECA BÁSICA GREDOS
© EDITORIAL


MENSAJERO. — Cuando la doble descendencia de tus
hijos llegó con su padre y franquearon el umbral de
la morada nupcial, nosotros, los esclavos, nos alegra-
mos, pues estábamos agobiados por tus males. Al
punto, de oído en oído se repetía como un susurro
que tú y tu esposo habíais cesado en vuestra disputa
anterior. Uno besa la mano, otro el rubio cabello de
tus hijos y yo mismo, lleno de gozo, acompañé a los
niños hasta la habitación de las mujeres 7I• La señora
que honrábamos ahora en tu lugar, antes de haber
visto a la pareja de tus hijos lanzó a Jasón una mirada
apasionada, pero luego ocultó sus ojos y volvió hacia
atrás su blanca mejilla, molesta ante la entrada de
tus hijos. Y tu esposo intentaba aplacar el furor y la uso
cólera de la joven, diciéndole: «¿No vas a ser acoge-
dora con mis seres queridos? ¿Cesarás en tu furor

71 La enorme alegría que siente el sirviente le lleva a olvi-
dar la prohibición de entrar en la habitación reservada a las
mujeres.

y volverás hacia nosotros la cabeza, considerando ami-
gos a los que antes lo eran de tu esposo? ¿No vas a
aceptar los regalos y pedie a tu padre que, en consi-
deración a mi, libere a mis hijos del destierro?»
Y ella, cuando vio el regalo, no se resistió, sino que concedió
 todo a su esposo y, antes de que se hubieran
alejado mucho de lá casa el padre y los hijos, tomando
los abigarrados peplos se los puso y, colocándose
la corona de oro sobre sus bucles, adorna su cabello
delante de un brillante espejo, sonriendo ante la apa-
rición de la imagen sin vida de su cuerpo. Y después,
levantándose de su trono, pasea por la habitación,
caminando graciosamente con su blanquisimo pie,
 rebosante de alegría por los regalos, y una y otra vez
dirige hacia atrás su mirada curiosa sobre sus talones,
poniéndose de puntillas ~. Pero entonces tuvo lugar
un espectáculo horrible de ver: cambiando el color,
retrocede inclinada, con todos sus miembros temblorosos,
y apenas sí le da tiempo a reclinarse en su
trono para no caer a tierra. Y una criada anciana,
creyendo que se trataba de un acceso de furor de
Pan o de algún dios ~ dio un alarido de conjuro, antes
de ver que, a través de su boca, corría blanca espuma
y que las pupilas de sus ojos daban -vueltas y que
la sangre abandonaba su cuerpo; al alarido de con-
juro le siguió entonces un gran lamento. Al punto, una
se precipita a la casa de su padre, otra a la de su
nuevo esposo, para comunicarle la desgracia de su
esposa, y todo el palacio resuena por las apretadas
carreras.

72 Eurípides refleja a la perfección los gestos y los adema-
nes de la coquetería femenina.
73 Los antiguos atribuían los inesperados ataques dc cual-
quier enfermedad a accesos de turbación originados por alguna
divinidad mas o menos orgiástica, como sucede en el caso del
dios Pan.

Ya, con paso ligero, un corredor rápido habría
recorrido los seis pletros del estadio y alcanzado su
final ~, cuando ella se recobró de su estado de mudez
y volvió a abrir sus ojos cerrados, después de lanzar
un grito terrible. Una doble plaga se había lanzado
contra ella: la corona de oro que rodeaba su cabeza
lanzaba un prodigioso torrente de fuego devastador,
y los sutiles peplos, regalo de tus hijos, devoraban
la blanca carne de la desdichada. Intenta huir, levan-

tándose del trono abrasada, sacudiendo su cabello y
su cabeza a un lado y a otro, queriendo arrojar la
corona, pero las uniones del oro estaban firmemente
engarzadas y el fuego, cuanto más sacudía sus cabe-
líos, en lugar de extinguirse redoblaba su fulgor. Y ella
cae por fin al suelo, vencida por la desgracia, total-
mente irreconocible, excepto para su padre. No se
distinguía la expresión de sus ojos ni su bello rostro,
la sangre caía desde lo alto de su cabeza confundida
con el fuego, y las carnes se desprendían de sus hue
sos, como lágrimas de pino , bajo los invisibles dien-
tes del veneno. ¡Terrible espectáculo! Todas teníamos
miedo de tocar el cadáver, pues su desgracia nos ser-
vía de maestro.
Mas su infortunado padre, sin conocer su calami-
dad, entrando de improviso en la casa, se arroja sobre  
el cadáver. Al punto estalla en gemidos y, rodeándola
con sus brazos, la besa mientras dice: <¡Oh hija des-
dichada!, ¿qué dios te ha perdido de una forma tan
ignominiosa? ¿Quién ha dejado huérfano de ti a un anciano, a una tumba? ~. ¡Ay de mi! ¡Deseo acompañarte en la muerte, hija! » Y cuando cesó en sus lamentos y sollozos, aunque intentaba levantar su anciano
cuerpo, quedó adherido, como yedra a ramas de laurel,
a los sutiles peplos, y una lucha terrible se desarrolIaba,
pues él quería levantar su rodilla, pero ella lo
retenía. Y si tiraba con fuerza, arrancaba sus ancianas
carnes de los huesos. Por fin renunció, y el desgraciado
í~o entregó su vida, pues no pudo derrotar al mal. La
hija y el anciano padre yacen muertos uno al lado del
otro, desgracia que merece lágrimas.
(A Medea.) Rehúso decir palabra alguna de aquello
que te concierne, pues tú misma sabrás el medio de
huir del castigo. No es la primera vez que considero
la condición humana una sombra y valientemente
podría d¿cir que, de los mortales, los que pasan por
sabios e indagadores de conocimientos, ésos son los
que se ganan el mayor castigo. Pues ninguno de los
mortales es feliz y, cuando la prosperidad se derrama,
 uno podrá ser más afortunado que otro, pero no feliz.




~‘ La distanc¡á de un estadio griego es de seis pletros, unos
185 metros.
‘~ Atrevida y hermosisima metáfora que compara la carne
que se va desgarrando por el fuego y el calor producido por
el veneno a las gotas de resma que, por influjo del intenso
calor del verano, caen en forma líquida, como si de lágrimas
se tratase.