Namárië

Namárië
Metáfora

La espiritualidad es
Poesía aplicada.
La metafísica es
Metáfora aplicada.


Todos los métodos que tenemos para conocer el Tao vinieron de observar el mundo exterior y luego aplicarlo al dilema humano. En el pasado, el cuerpo era visto como un microcosmos del universo, la energía espiritual era comparada con el sol, la dualidad del cuerpo era equiparada a la dualidad del día y la noche, los hábitos de los animales eran copiados por su sabiduría innata, y los centros psíquicos del cuerpo eran imaginados como flores abriéndose. Incluso si aplicamos esas ideas hoy en día, producen resultados.

La metáfora es esencialmente una manera de darle forma a los pensamientos. La perspicacia de la poesía frecuentemente puede guiarnos para salir de nuestros problemas; la imaginería de de una flor abriéndose se usa frecuentemente en meditaciones. Aunque la poesía sea sólo una sensación de la mente y no haya ninguna flor abriéndose dentro nuestro. Los seres humanos toman la realidad objetiva y la absorben parcialmente mediante una poesía de la mente. Sin esto no podría haber sentido del humor, creatividad, ni espiritualidad. Porque hasta que hacemos la conexión entre todas las cosas, no tenemos salida al aislamiento que frecuentemente nos infecta.


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Bienvenidxs al curso de Teorías Históricas de la Poética y la Retórica


Contacto: Prof. Adj. Dra. Claudia Pérez: oliviapz@gmail.com

Ayudante Maite Vanesa Artasánchez: maitevanesa@gmail.com
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Miércoles y viernes de 10 a 12.30hs.


Horario de consulta: jueves 15hs. en el Depto. de Teoría y Metodología Literarias, FHCE. Confirmar asistencia por mail.
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14 sept. 2017

Muerte de Hipólito

CoRIFEO ~ — Veo a un compañero de Hipólito que,
con la mirada sombría, se precipita veloz en palacio.
MENSAJERO. — ¿Dónde podría encontrar a Teseo, rey
ííss de este país, mujeres? Indicádmelo, si lo sabéis. ¿Está
dentro de palacio?
CORIFEO. — Ahí lo tienes en persona saliendo de la
casa.
MENSAJERO. — Teseo, la noticia que te traigo es
digna de preocupación para ti y para los ciudadanos
que habitan la ciudad de Atenas y los confines de la
tierra de Trozén.
1160 TESEO. — ¿Qué ocurre? ¿Alguna nueva desgracia se
ha abatido sobre estas dos ciudades vecinas?
MENSAJERO. — Hipólito ya no existe, por así decirlo.
Ve aún la luz, pero su vida está pendiente de un
hilo ~
TESEO. — ¿Quién lo mató? ¿Alguien llevado por el
1165 odio, por haber violado a su esposa, como a la de su
padre?
MENSAJERO. — Su propio carro lo ha matado y las
maldiciones de tu boca que habías dirigido a tu padre,
señor del mar, contra tu hijo.

72 Las Cárites, en griego, o Gracias, en latín, son divinida-
des de la belleza y la fecundidad. Son hijas de Zeus y se las
representa como tres jÓvenes desnudas unidas por los hom-
bros. de aquí su epíteto ~uncidas,. en el original griego. Sus
nombres son EufrÓsine (Alegría). Talía (Floración) y Aglae
(Resplandor).
~3 Aunque la edición de MURRAY no indica quién recita estos
dos versos, la mayoría de los editores se los atribuyen al
Corifeo.
74 En el original griego no dice textualmente eso, sino que
se emplea una metáfora en relación con la balanza: ,,Depende
de una pequeña inclinaciÓr» (para alcanzar la muerte, se sobre-
entiende).

HIPÓLITO
227
TESEO. — ¡Oh dioses, oh Posidón, cuán -verdaderS
mente eres mi padre, ya que oíste mis maldicioneS1 1170
(Al mensajero.) ¿Cómo murió? Habla. ¿De qué modo
le golpeó el mazazo de la justicia, por habe rme ultra-
jado?
MENSAJERO. — Nosotros, junto a la costa, abrigo de
las olas, peinábamos con cardas la crin de los caballoS
entre sollozos, pues alguien vino trayendo la noticia 1175
de que Hipólito ya no pondria más el pie en esta tierra,
castigado por ti a un doloroso destierro. Y él misn3O
llegó a la orilla, acompañando con su canto de lágtt-
mas al nuestro. Innumerable compaina de 1 óvenes d~ 1180
su edad le seguía. Por fin, poco después, c esando et1
sus sollozos, dijo: <¿A qué continuar mis lamentos?
Tengo que obedecer las palabras de mi padre. Engatl
chad a mi carro los caballos que se pliegax~i al yugO~
servidores, pues esta ciudad ya no es la míab.
Nada más recibir la orden, todos nos aWresurába- 1185
mos y en menos tiempo de lo que cuesta decirlo lle-
vamos los caballos preparados junto a nuestro señor~
Y él con la mano aferra las riendas, cogiémdolas del
parapeto, ajustando él mismo los pies a lcbs estribOS
y, extendiendo sus manos, comenzaba a suplicar a 105 1190
dioses: <¡Zeus, que muera, si soy un malvado, y que
mi padre vea cómo me ha deshonrado, bien esté
muerto o contemple la luz del sol! » Despues de esta
súplica, tomando en sus manos el aguijón,. fustigó a 1195
los caballos con un solo golpe y nosotros los servido-
res, al pie del carro, junto a las riendas, seguíamoS
a nuestro Señ9r por el camino que conduce derecho a
Argos y Epidauro.
Después llegábamos a un paraje desierto., en donde,
más allá de esta tierra, una costa escarpada, se e% 1200
tiende hacia el golfo Sarónico ~. De allí surgió Un

7~ Entre el Ática y la Argólida.

228
TRAGEDIAS
rumor de la tierra, cual rayo de Zeus, profundo br..
mido, espantoso de o¡r. Los caballos enderezaron sus
cabezas y sus orejas hacia el cielo y un fuerte temor
1205 se apoderaba de nosotros al buscar de dónde procedí.
el ruido. Y mirando a las costas azotadas por el mar,
vimos una ola enorme que se levantaba hacia el cielo1
hasta el punto de impedir a mis ojos ver las costas de
Escirón y ocultaba el Istmo y la roca de Asclepio iB
1210 Y luego, hinchándose y despidiendo en derredor espu..
ma a borbotones por el hervor del mar ~, llega hasta
la costa en donde estaba la cuadriga. Y en el mo-
mento de romper con estruendo, la ola vomitó un toro,
1215 monstruo salvaje. Y toda la tierra, al llenarse de su
mugido, respondía con un eco tremendo. A aquellos
que la veían la aparición resultaba insoportable a su
mirada. Al punto un miedo terrible se abate sobre los
caballos. Nuestro amo, muy práctico en la forma de
1220 comportarse de los mismos, agarra las riendas con
ambas manos y tira de ellas, como un marinero tira
hacia la empuñadura del remo, echando todo el peso
de su cuerpo hacia atrás al tirar de las correas. Y las
yeguas, mordiendo el freno forjado a fuego con las
quijadas, se lanzan con ímpetu, sin preocuparse de la
1225 mano del piloto, ni de las riendas ni del carro bien
ajustado. Y si, dirigiendo el timón78 hacia la llanura,
conseguía enderezar la carrera, el toro se ponía delante
haciéndole dar la vuelta, enloqueciendo a la cuadriga
1230 de temor. Mas si, despavoridas en su ánimo, se lanza-
76 Se refiere al promontorio de Epidauro. en donde estaba
situado el templo de Asclepio.
77 La hinchazón de las olas y la espuma que desprende se
compara con un hervor que se origina por cocción.

~ Todo este bello pasaje descriptivo se apoya en la compa-
ración metafórica entre un auriga y un piloto de una nave.
De aquí la peculiaridad del vocabulario, eminentemente ma-
rinero.

HIPÓLITO
229
ban hacia las rocas, acercándose en silencio seguía al
parapeto del carro, hasta que le hizo perder el equili-
brio y volcó, lanzando la rueda del carro contra una
roca. Todo era un montón confuso: los cubos de las 1235
ruedas volaban hacia arriba y los pernos de los ejes,
y el mismo desdichado, enredado entre las riendas,
es arrastrado, encadenado a una cadena inextricable,
golpeándose en su propia cabeza contra las rocas y
desgarrando sus carnes, entre gritos horribles de escu-
char: «¡Deteneos, yeguas criadas en mis cuadras, no 1240
me quitéis la vida! ¡Oh desdichada maldición de mi
padre! ~. ¿Quién quiere venir a salvar a este hombre
excelente?» A pesar de que muchos lo pretendíamos,
llegábamos con pie tardío. Pero él, liberándose de la
atadura, de las riendas, hechas de recortes de cuero, 1245
no sé de qué modo, cae al suelo, respirando aún un
débil hálito de vida; los caballos y el monstruo des-
dichado del toro desaparecieron no sé en qué lugar
de las rocas.
Yo soy un esclavo de tu palacio, señor, pero yo 1250
nunca podré creer que tu hijo es un malvado, ni aun-
que la raza entera de las mujeres se ahorcara, ni
aunque alguien llenara de incisiones acusadoras todos
los pinares del Ida ~, pues sé bien que es un hombre
noble.
CORIFEO. — ¡Ay, ay, se han consumado nuevas des- 1255
gracias y no hay posibilidad de liberarse del destino!
TESEO. — Por odio al que ha sufrido estas desgracias
sentí alegría ante tus palabras, mas ahora, por santo

~ Todos los comentaristas destacan la imposibilidad de que
Hipólito conociera la maldición de su padre. Ello se debe
seguramente a una negligencia del poeta.
80 Puesto que Fedra era cretense, podria uno pensar que el
poeta se refiere a los pinos del monte Ida de Creta, pero los
comentaristas estiman que se hace referencia a la cadena mon-
tañosa de la Tróade del mismo nombre, familiar al auditorio
por los poemas homéricos.

230
TRAGEDIAS
1260 temor, a los dioses y a aquél, que es mi hijo, ni ~
alegro ni me entristezco con sus desgracias.
MENSAJERO. — ¿Y ahora? ¿Debemos traerlo aquí o
qué haremos con el infeliz para agradar a tu corazón?
Piénsalo, pero si quieres tener en cuenta mis consejos,
no deberías ser cruel con tu infortunado hijo.
1265 TESEO. — Traedlo para que, viendo con mis ojos al
que ha negado mancillar mi lecho, mis palabras y
el castigo de los dioses prueben su crimen.

CoRo.
Tú sometes el corazón indomable de los dioses y
1270 de los hombres, Cipris, y con tigo el de alas multico-
lores 81, asediándolos con rápido vuelo. Él revolotea
sobre la tierra y el sonoro mar salino. Eros encanta
1275 a aquel sobre cuyo corazón enloquecido lanza su ata-
que con sus alas doradas; a las fieras de los montes y
de los mares y a todo lo que la tierra nutre y contem-
plan los aidientes rayos del Sol, y también a los hom-
1280 bres, pues tú eres la única, Cipris, que ejerces sobre
todos una majestad de reina.
Encima de palacio aparece Árternis
con el arco y las flechas.

ARTEMIS. — Te ordeno que me escuches, ilustre hilo
1285 de Egeo. Te habla Artemis, hija de Leto, Teseo. ¿Por
qué te alegras, infeliz, de haber matado impíamente a
tu hijo, habiendo creído en inciertas acusaciones, por
las engañosas palabras de tu esposa? A la luz ha salido
1290 tu locura. ¿Cómo no ocultas bajo las profundidades de
la tierra tu cuerpo cubierto de verguenza o te remon-
tas cual ave, cambiando de forma de vida, para huit
de esta desgracia? Entre la gente de bien, al menos,
1295 no hay ya lugar posible para tu vida.

SI Es un epíteto que designa a Eros.

HIPÓLITO
231
Escucha, Teseo, cómo han sobrevenido tus males,
aunque no voy a remediar nada y sólo dolor voy a
causarte; pero he venido para mostrarte que el cora-
zón de tu hijo era justo, a fin de que muera con gloria,
y la pasión amorosa de tu esposa o, en cierto modo, 1300
su nobleza. Ella, mordida por el aguijón de la más
odiada de las diosas para cuantas como yo hallamos
placer en la virginidad, se enamoró de tu hijo. Y, aun-
que intentó con su razón vencer a Cipris, pereció, sin 1305
quererlo, por las artimañas de su nodriza, que indicó
su enfermedad a tu hijo, obligándole con un jura-
mento. Y él, como hombre justo, no hizo caso de sus
consejos ni, a pesar de ser injuriado por ti, quebrantó
la fe de su juramento, pues era piadoso. Y ella, teme- 1310
rosa de ser cogida en su falta, escribió una carta enga-
ñosa y perdió con mentiras a tu hijo, pero, aun así,
consiguió convencerte.
TESEO. — ¡Ay de mí!
ARTEMIS. — ¿Te muerden mis palabras, Teseo? Tran-
quilízate, aún gemirás más oyendo lo que sigue: ¿Sabes 1315
que poseías tres maldiciones claras de tu padre? Una
de ellas la has lanzado, desdichado de ti, contra tu
propio hijo, siéndote posible lanzarla contra un ene-
migo. Tu padre, señor del mar, con buena intención te
concedió lo que debía, pues te lo había prometido.
Tú, ante aquél y ante mí, te muestras como un mal- 1320
vado, pues no esperaste la confirmación y las palabras
de los adivinos, ni a tener una prueba; ni concediste
mayor tiempo a la indagación, sino que lanzaste la
maldición contra tu hijo más rápido de lo que debías
y lo mataste.
TESEO. — ¡Señora, quisiera morir!
ARTEMIS. — Has cometido una acción terrible, mas,
Sin embargo, aún puedes alcanzar el perdón por ella. 1326
Cipris fue la que quiso que ello sucediera, para saciar
su ira. Así es la ley entre los dioses: nadie quiere
232
TRAGEDIAS
1330 oponerse al deseo de la voluntad de otro, sino que
siempre cedemos. Ten en cuenta lo siguiente: si ~
hubiera sido por temor a Zeus, yo no hubiera llegado
al punto de ignominia de dejar morir al hombre al
que, de todos los mortales, profesaba más afecto. Ea
1335 cuanto a tu falta, el desconocimiento es la primera
excusa de tu culpa y, además, el hecho de que tu es-
posa, con su muerte, destruyó toda prueba basada ea
las palabras, hasta el punto de llegar a persuadir tu
mente.
A ti es a quien más afecta el estallido de esta des-
gracia, pero yo también siento dolor. Los dioses no
1340 se alegran de la muerte de los piadosos, pero a loa
malvados los destruimQs con sus hijos y con sus casas.
CORIFEO. — He aquí que avanza el desdichado, man-
chado en su carne joven y en su rubio cabello. ¡Oh
1345 desventura de la casa, qué doble infortunio se ha cum-
plido en palacio, enviado por los dioses! (Hipólito apa-
rece cubierto de sangre en brazos de sus compañeros.)
HIPÓLITO. — ¡Ay, ay, ay, ay! ¡Desdichado de mí! ¡Me
ha arruinado la injusta maldición de un padre injustol
1350 ¡Estoy muerto, desdichado, ay de mí! Los dolores
traspasan mi cabeza, la convulsión se lanza sobre ml
cerebro. (A los sirvientes que lo acompañan.) Párate,
deseo descansar mi cuerpo destrozado. (Los servidores
íass se detienen.) ¡Ay, ay, odioso carro de caballos, ali-
mento de mi propia mano, me has aniquilado, me has
matado! (A los servidores que continúan la marcha.>
¡Ay, ay, por los dioses, con suavidad tocad con VUeS-
13W tras manos, siervos, mi cuerpo lacerado! ¿Quién se
detenido a mi lado derecho? Levantadme con cuidado,
arrastrad al unísono al desdichado, maldito por el
extravio de su padre. Zeus, Zeus, ¿ves mi situación?
1365 Yo el santo y el devoto de los dioses, yo que avent
jaba a todos en virtud, desciendo hacia el inevita
Hades, habiendo destruido por completo mi vida;
HIPÓLITO
233
vano practiqué entre los hombres las penosas obliga-
ciones de la piedad. (Se le extiende 50bre un lecho.)
¡Ay, ay, vuelve el dolor, me vuelve! ¡Ve jadme a mi, 1370
desdichado! ¡Ojalá me venga la Muerte Sanadora! ~.
¡Acabad conmigo, matad al infortunado! ¡Deseo una 1375
lanza de doble filo, para clavármela y sumir mi vida
en un sueño! ¡Oh funesta maldición de mi padre! De
parientes manchados por el crimen y de antepasados 1380
antiguos arranca mi desgracia y no se demora. Se ha
abatido sobre mí, ¿por qué sobre un inocente de toda
culpa? ¡Ay de mí, ay! ¿Qué haré? ¿Cónio liberaré mi
vida de este sufrimiento insoportable? ¡Ojalá me dur- 1386
miera, desdichado, el negro y sombrío imperio de
Hades!
ARTEMIS. — ¡Desdichado, qué desgracias te han sub-
yugadol La nobleza de tu corazón te ha perdidO. 1390
HIPÓLITO. — ¡Oh, oh oloroso efluvio div’inoI Incluso
entre mis males te he sentido y mi cuerpo se ha ali-
viado. En estos lugares se encuentra la diosa Artemis.
ARTEMIS. — ¡Desdichado, aquí está la que más te
quiere de las diosas!
HIPÓLITO. — ¿Ves, señora, en qué situación me en- 1395
cuentro, miserable de mi?
ARTEMIS. — Te veo, pero no está permitido a mis
ojos derramar lágrimas.
HIPÓLITO. — Ya no vive tu cazador, ni tu siervo...
ARTEMIS. — No en verdad, pero mi amor te acom-
paña en tu muerte.
HIPÓLITO. — Ni el que cuidaba tus caballos ni el
guardián de tus estatuas.
ARTF.MIS. — La malvada Cipris así lo tramó. 1400
‘~ .Sanador’ es el epíteto común de Apolo, considerado mé-
dico de los dioses y de los hombres, pero aquí se aplica a la
Muerte (masculino en griego), que, para Hipólito. en esos mo-
mentos, es su salvación.
234
TRAGEDIAS
HIPÓLITO. — ¡Ay de mí, bien comprendo qué dio,.
me ha destruido!
ÁRTEMIS. — Se disgustó por tu falta de conside~.a-
ción y te odió por tu castidad.
HIPÓLITO. — Ella sola nos perdió a nosotros tres,
bien lo ves.
ARTEMIS. — Sí, a tu padre, a ti y a su esposa.
1405 HIPÓLITO. — Lloro también las desgracias de ¡ni pa-
dre.
ARTEMIS. — Fue engañado por los designios de una
divinidad.
HIPÓLITO. — ¡Oh desdichado por tu desgracia, pa-
dre!
TESEO. — Estoy muerto, hijo, y no tengo alegría de
vivir.
HIPÓLITO. — Lloro más por ti que por mí, a causa
de tu error.
1410 TESEO. — ¡Ay si pudiera estar muerto en tu lugar,
hijo!
HIPÓLITO. — ¡Oh amargos dones de tu padre Posi-
dón!
TESEO. — ¡Que nunca debían haber llegado a mis
labios!
HIPÓLITO. — ¿Y qué?, del mismo modo me habrías
matado, tan encolerizado como estabas entonces.
TESEO. — Los dioses me habían arrebatado la razón.
1415 HIPÓLITo. — ¡Ay, si la estirpe humana pudiera mal-
decir a los dioses!
ARTEMIS. — Déjalo ya, pues ni siquiera bajo la tinie-
bla de la tierra 83 quedarán impunes los golpes de
cólera que cayeron sobre tu cuerpo por voluntad de
1420 la diosa Cipris, debido a tu piedad y sensatez. Yo, con
mi propia mano, al mortal que a ella le sea más que-
rido castigaré con mis dardos inevitables. Y a ti, des-

83 Es decir, aunque tu te encuentres muerto.

HIPÓLITO
235
dichado, en compensación de tus males, te concederé
los mejores honores en la ciudad de Trozén. Las mu- í~~s
chachas, antes de uncirse al yugo del matrimonio,
cortarán sus cabellos en tu honor y durante mucho
tiempo recibirás el fruto del dolor de sus lágrimas.
Inspirándose en ti las virgenes compondrán siempre
sus cantos y el amor que Fedra sintió por ti no caerá 1430
en el silencio del olvido.
Y tú, hijo der anciano Egeo, coge a tu hijo en tus
brazos y estréchalo contra tu pecho, pues lo mataste
contra tu voluntad. Es natural que los humanos se
equivoquen, cuando lo quieren los dioses. A ti te acon- 1435
sejo que no odies a tu padre, Hipólito, pues conoces
el destino que te ha perdido.
Y ahora, adiós, pues no me está permitido ver cadá-
veres ni mancillar mis ojos con los estert~res de los
agonizantes y veo que tú estás ya cerca de ese trance.
HIPÓLITO. — ¡Parte tú también con mis saludos, 1440
doncella feliz! Con facilidad abandonas mi largo trato.
Destruyo el resentimiento contra mi padre, según tu
deseo, pues antes también obedecía a tus palabras.
¡Ay, ay, sobre mis ojos desciende ya la oscuridad!
¡Cógeme, padre, y endereza mi cuerpo! 1445
TESEO. — ¡Ay de mí, hijo!, ¿qué haces conmigo,
desdichado de mí?
HIPÓLITo. — Estoy muerto y veo las puertas de los
infiernos.
TESEO. — ¿Vas a dejar mi mano impura?
HIPÓLITO. — No, tenlo por seguro. Yo te libero de
este crimen.
TESEO. — ¿Qué dices? ¿Me liberas de mi delito de 1450
sangre?
HIPÓLITO. — Te pongo por testigo a Artemis, la que
subyuga con su arco.
TESEO. — ¡Hijo queridísimo, qué noble te muestras
con tu padre!
1
E’
236
TRAGEDIAS
HIPÓLITO. — ¡Pide que tus hijos legítimos sean se-
mejantes a mí!
TESEO. — ¡Ay de mí, corazón piadoso y bueno!
us., HIPÓLITO. — ¡Adiós, adiós una vez más, padre nilo!
TESEO. — ¡No me abandones, hijo, haz un esfuerzo!
HIPÓLITO. — Mis esfuerzos han terminado: estoy
muerto, padre. Cúbreme el rostro lo más rápido que
puedas con un manto. (Muere.)
TESEO. — ¡Ilustres confines de Atenas y de Palas U,
í~o qué hombre habéis perdido! ¡Oh desdichado de mí!
¡Cuántas veces voy a recordar los sufrimientos que
me has enviado, Cipris!
CORO. — Este dolor comán llegó inesperadamente a
todos tos ciudadanos. Será arroyo de infinitas lágrimas.
1465 Las noticias luctuosas, cuando se refieren a los pode-
rosos, más tiempo ejercen su poder.


INTRODUCCIONES, TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
ALBERTO MEDINA GONZÁLEZ
Y
JUAN ANTONIO LÓPEZ FÉREZ. Madrid: Gredos, 2000.